Malalai Joya, la diputada afgana que se enfrenta a los «señores de la guerra»

ANTONIO ASTORGA, ABC.es, 29/06/2010

La ex diputada afgana, Malalai Joya, durante su visita a Madrid.
Una voz contra los criminales misóginos (Imaen: JAIME GARCÍA)

Cuatro intentos de asesinato, amenazas de muerte, insultos —el más repetido, «puta»— y agresiones físicas desde los escaños del Parlamento en el que ejercía como diputada desde 2005 no han parado la lucha de Malalai Joya, de 32 años. La representante más joven (y valiente) del Congreso afgano testimonia la violencia que sufren las mujeres de Afganistán en «Una mujer contra los señores de la Guerra» (Kailas). En 2003, tomó el micrófono y arremetió contra los muyaidines en su Parlamento de Kabul para denunciar la presencia de criminales allí y exigir su expulsión. No se lo han perdonado.

Vengo de una tierra de tragedia llamada Afganistán.

—Hábleme de su país.

—Lo más triste es que en Afganistán matar a una mujer es como matar un pájaro. EE.UU. ha tratado de justificar su ocupación con la excusa de «liberar» a las mujeres afganas, pero seguimos siendo prisioneras en nuestro país, sin acceso a la justicia, gobernadas por criminales misóginos. Estos fundamentalistas todavía predican que «una mujer debe estar en su casa o en su ataúd». Se sigue vendiendo a niñas para darlas en matrimonio. Las violaciones siguen impunes día tras día...

—¿Qué le ha llevado a dar el paso de enfrentarse a esos miserables y despreciables «señores de la guerra» misóginos y fundamentalistas?

—Tanto la historia de mi país, que nunca ha conocido la paz, como el apoyo a los más desfavorecidos y a las mayores víctimas, que son las mujeres. Como mujer no podía permanecer en silencio.

—¿Esos tipos de la guerra siguen siendo «los mismos perros, pero con distintos collares»?

—Antes de la dominación talibán, durante la Guerra Civil, estos «señores de la guerra» mataron en Kabul a más de 60.000 civiles inocentes. Violaban a madres e hijas, arrojaban ácido a la cara de las mujeres, las torturaban y las masacraban igual que hacían los talibanes.

—Tras los atentados del 11-S, esos «valientes guerreros» se afeitaron, se quitaron los turbantes y los cambiaron por corbatas y trajes...

—... Pero su mentalildad seguía siendo la misma que la de los talibanes. Y eso les puso en el poder en Afganistán, un sitio seguro para criminales.

—¿El craso errror de EE.UU. fue armar a esos verdugos para defenderse de Rusia?

—Ellos ya estaban armados; después la CIA formó a estos criminales de guerra, y todavía hoy les siguen dando dinero y poder. Estados Unidos siempre les ha apoyado por interés. El objetivo norteamericano no es la paz para el pueblo afgano, sino tener acceso al gas y petróleo de todas las repúblicas que hay cerca de Afganistán. No están luchando por la democracia.

—¿Cómo ha soportado día a día escuchar al «diputado» que tiene detrás o al lado en el Parlamento decirle que la va a matar, que la va a violar...?

—Aquella no es la casa de la democracia ni el Parlamento, sino que está llena de «señores de la guerra» y talibanes. Yo miraba a cada esquina y me encontraba a un misógino, a un «señor de la guerra», a un torturador, a un asesino, a un corrupto, a un títere, a un violador... Me golpeaban y me insultaban. Era una auténtica tortura estar dentro. Pero yo tenía que estar allí porque era una buena causa para mi gente y mi pueblo, para denunciar desde dentro de esa casa de criminales lo que estaba pasando y lo que ellos perpetraban.

—¿Tenía apoyos en esa «casa de los horrores»?

—Ninguno, era horrible; me sentía sola. Pero fuera tenía tanto respaldo, que me hacía seguir luchando, tener mucha esperanza, me aportaba coraje...

—¿Cuál es su situación actual en ese Parlamento de chiste?

—Me expulsaron por criticar a esos «señores de la guerra». Pero mi posición es la misma.

—Usted tuvo los santos bemoles de llamar por su nombre, o sea criminales, a los «señores de la guerra» de Afganistán. Para que no la maten tiene que llevar siempre la misma botella de agua, controlar la comida, cambiar de casa cada día...

—Yo vivo así para ayudar a otros, y no me importa correr esos riesgos. Me afecta por mi gente. Además de los cuatro intentos de asesinato que he tenido por parte de fundamentalistas, talibanes... me quedo con el apoyo de los ciudadanos, que me han ayudado a escapar de peligros. Creo en mi lucha. Estoy preparada para derramar mi sangre.

—¿Qué opina su marido de su lucha?

—Afortunadamente me apoya; si no, sería más dura, además de la lucha con esos «señores de la guerra», «otra» con mi familia. He aprendido mucho de la gente de Afganistán y de la historia de mi país. Mi padre creía en los derechos humanos y los defendía, y los libros que él leía, que pasaron por mis manos, cambiaron también mi mente.

—¿Qué les inculcaría a sus hijos?

—Ojalá esos valores que me transmitió mi padre, y también la idea de que antes que a tu familia primero tienes que amar a tu país, y luchar por él.